Desamparados quedaron
mi
armadura y mi espada,
sobre
el velador abandonadas
se
lamentan la pluma y tinta.
Seguí
la ruta trazada por estrellas
y
me desvié cuando cayeron.
Perseguí
las ferrovías
hasta
que acabaron los rieles,
mi
rumbo se extravío por desiertos
y
el viento borró mis huellas.
Despojado
de mis prendas
mi
espalda mudó en roca.
Soy
fantasma, soy coyote,
mi
espíritu corre sin detenerse
como
río de golondrinas.
En
medio del viento pampino,
después
de tres ciclos entendí
que
soy arena.
Cuando
no encajé en ningún lugar
el
desierto me abrió sus brazos
y
tragó de un sorbo mis añoranzas.
Sólo
el jote conoce mi senda,
habito
remolinos de tierra
que
cubren de minerales mi pelaje.
Frecuento
cruces floridas
con
iníciales de algún nombre.
Cementerios
bolivianos,
minas
cerradas, salitreras,
pueblos
fantasmas, tumbas profanadas
y
uno que otro soldado de la guerra del pacífico.
Mi
penumbra se une a las sombras
de
unos cuantos coyotes que decidieron
extraviar
su identidad
en
estos escondrijos de arenisca.



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